Vivir y morir en Colombia

24 03 2008

(Publicado en Página/12 el 23 de Marzo de 2008 con el nombre “En la cama, me confesó que era asesina profesional”)

Por Jason Howe *

un dibujo, ah� en el piso

Hay un momento en toda relación en que llegan las confidencias. Generalmente son sobre sexo, sobre novios pasados –con algunos olvidos convenientes– y ese tipo de cosa. A veces, el secreto confesado puede hasta cambiar la relación: la honestidad tiene su precio. ¿Y qué pasa si el secreto de tu novia es mucho más oscuro y siniestro que una lista de novios?

Sentado desnudo en el borde de la cama de un hotel barato y caluroso en el medio de una zona de guerra, productora de drogas, en Colombia, prendí un cigarrillo y me puse a escuchar a la chica a la que acababa de hacerle el amor confesando algo inimaginable.

Yo llevaba unos meses en Colombia, aprendiendo a ser un fotógrafo de prensa. No es que iba a cursos universitarios o hacía retratos en un estudio. Lo que hacía era jugarme en las notas. Estaba en un país con pocos momentos de paz. Por unos cuarenta años, el grupo rebelde marxista FARC –Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia– le había hecho la guerra al gobierno financiándose con secuestros extorsivos e impuestos al tráfico de cocaína. Los escuadrones de la muerte de derecha, conocidos como las Autodefensas, habían aparecido en respuesta a los secuestros de terratenientes y barones de la droga. Bajo el paraguas de las Autodefensas Unidas de Colombia, estas milicias privadas, estos paras, recibían apoyo secreto del gobierno y los militares para su guerra sucia contra las FARC.

Esta guerra a tres bandas se había cobrado ya más de 200.000 vidas y más de tres millones de personas habían tenido que abandonar sus hogares, amenazados o víctimas de la violencia. Sería una grosera injusticia pensar el conflicto como una guerra por la droga. Sus raíces se hunden en las diferencias económicas y sociales que permean el país, con una enorme clase baja que vive en la pobreza y una ínfima clase alta que tiene el 90 por ciento de la tierra, la industria y los negocios. Mi ambición era conocer y fotografiar a miembros de cada grupo, tratando de explicar el conflicto.

Empecé viajando por zonas del país con una fuerte presencia de las FARC y, tras muchos intentos, convencí a los rebeldes para que me dejaran entrar a uno de sus campamentos. Después de pasar varios días con ellos, documentar su vida cotidiana y hasta ver un combate con tropas del gobierno, era momento de encontrar a sus enemigos, los paras. Viajé a Putumayo, uno de los centros del narcotráfico y escenario de interminables escaramuzas entre paras y guerrilleros, en el sur colombiano y cerca de la frontera con Ecuador. Me tomó un par de días de ómnibus llegar a Puerto Asís, la capital.

En el camino me puse a hablar con otro pasajero, una hermosa chica colombiana llamada Marylin que me dijo que volvía de un viaje de compras a la gran ciudad. Le expliqué por qué visitaba el lugar y Marylin me dijo que tenía amigos en el ejército y los paras, por lo que podría ayudarme. Me invitó a quedarme con su familia, que tenía una tienda y bar junto a la ruta, en las afueras del pueblo. Marylin era muy atractiva.

Pasé varias semanas con su familia, recorriendo el campo, fotografiando los campos de coca y tratando de hacer contacto con los paras. Marylin y yo pasábamos largas tardes juntos en su red, tomados de la mano y besándonos a veces, pero nada más. Eventualmente se me acabó el tiempo y el dinero, y tuve que volver a Gran Bretaña. Al despedirnos le prometí que trataría de volver y Marylin me dijo que ahora yo era “parte de la familia”.

A los seis meses estaba de vuelta, dispuesto a llegar al fondo del conflicto, aprender lo más posible y tal vez escribir un libro. Viajé a Puerto Así a quedarme con Marylin y su familia, pero me esperaba una sorpresa: ella se había unido a las Autodefensas y había entrado en combate en el cercano pueblo de El Tigre. Una amiga que combatía a su lado había caído, muerta, junto a otros 25 paras y al menos 15 guerrilleros. Todos los pobladores de El Tigre habían huido.

El hermano de Marylin trabajaba ahora en una plantación de coca y llevaba siempre una pistola, que guardaba de noche bajo la almohada. Esto no era demasiado llamativo en un país quebrado por todas las violencias posibles, en el que la suerte, buena o mala, marcaba en qué bando terminaba uno. Pasaron meses, viajé por todo el país por mi proyecto, logré que me prestaran atención, hasta gané un premio internacional y me ofrecieron ir a Irak a documentar la guerra. Pero después de seis meses entre coches bomba y morteros en Bagdad, sólo pensaba en volver a Colombia.

A un año de nuestro primer encuentro, llegué de vuelta a la casa de Marylin en un vetusto taxi. Me senté a tomar una cerveza helada con su padre mientras esperábamos que volviera “de hacer un mandado”. Luego nos fuimos a caminar de la mano con su hijita de cuatro años, Natalie, y nos bañamos en el río. Pude sentir que había un cambio en ella, pero no supe bien qué era.

Le pregunté si las cosas habían cambiado entre nosotros, si mejor no me quedaba en un hotel. Ella me dijo que sí, que sería más fácil para encontrarnos. Esa misma noche vino a comer conmigo, compartimos una botella de vino y comencé a pensar que un año de paciencia por fin tendría resultados. Marylin se quedó esa noche, en el calor ecuatoriano del hotel en el que no andaba el aire acondicionado. Al amanecer, oyendo los primeros autos y los primeros vendedores ambulantes, Marylin me dijo que tenía algo que decirme.

Fue entonces que me disparó una confesión que me excitó y confundió. Me dijo que en los meses en que estuve en Irak había cambiado de posición en las Autodefensas, se había unido a la milicia urbana y pasado a ser una asesina. Su trabajo era eliminar informantes y traidores. Hasta ahora, me contó, había matado a diez personas en la zona. Prendí un cigarrillo y aspiré fuerte, mientras ella me miraba entre el humo para ver cómo reaccionaba. Curiosamente, inesperadamente, no sentí horror. Los meses que había pasado en Colombia e Irak me habían cambiado. No es que fuera menos sensible a la muerte o el sufrimiento, pero ciertamente era más difícil escandalizarme. La diferencia entre víctima y victimario, rebelde y refugiado, me parecía mucho más un tema de perspectiva.

Siempre me gustó estar con gente que hace cosas, rebeldes y soldados que creían en lo que hacían. Me dejaban frío las reinas de belleza ricas y bien vestidas de los clubes finos de Bogotá. Aunque más tarde me sentiría muy distinto, mi primera reacción a lo que me decía Marylin fue una aceptación que casi tocaba la aprobación. Supongo que si iba a tener una amante en una zona de guerra, ella era de lo más cool.

Al principio, sus visitas a mi hotel, siempre con una pistola, no me ponían nervioso. Creo que no había registrado las consecuencias de lo que Marylin me había contado. Era joven y vivía una gran aventura en la que seguramente ya había llegado al máximo grado de inmersión en este conflicto. La mujer con la que acababa de empezar a hacer el amor regularmente era una asesina por encargo que dejaba en mi mesa de luz su pistola. Yo la veía sacarse el arma del cinturón, quitarse la ropa y entrar en mi cama, y no podía relacionar a esta mujer con los cadáveres que veía en la morgue, con la cabeza rota a escopetazos a quemarropa, como ella me había contado que lo hacía. Yo andaba propulsado por el calor tropical, ron fuerte, cocaína de primera y los brazos de una chica núbil de 22 años, por lo que se me mezclaban la realidad y las fantasías. Era como vivir en una película de Tarantino.

Una mañana, Marylin me contó que la noche anterior había convencido a un amigo de que la ayudara a decapitar y desmembrar a una mujer. Esta vez no era una informante: una amiga la había contratado para que liquidara a una amante de su novio. Me contó tan en detalle lo que había hecho, lo hizo tan fríamente, que finalmente caí en la realidad. Mis sentimientos hacia ella comenzaron a cambiar, el romanticismo empezó a apagarse. Ella ya no me parecía una parte legítima de una guerra civil sino que había pasado a ser una asesina freelance, matando por dinero, ni más ni menos.

Aunque todavía la encontraba sexualmente atractiva y quería estar con ella, algo me rebotaba en la cabeza. Eran pensamientos que a otros se les hubieran ocurrido mucho antes pero que al fin se filtraban en mi cerebro. En los últimos meses, la había fotografiado nadando en el río con su hija y leyéndole un cuento antes de dormir. Ultimamente, las imágenes que tomaba de ella se concentraban casi exclusivamente en su otra cara: la estaba reduciendo a una nota, un tema. Le pregunté si estaba lista para dejarme entrevistarla. Se puso una máscara de esquí y, pistola en mano, me dejó hacer un video del reportaje. Comencé preguntando sobre cómo entró a los paramilitares y sobre cómo la convencieron de matar por primera vez. Ella empezó dudando, pero fue ganando velocidad a medida que contaba su historia.

“Cuando maté por primera vez me asusté, tuve miedo. Maté para ver si podía hacerlo. Pero es obligatorio matar, si uno no mata, lo matan. El primero fue muy difícil porque estaba de rodillas, rogando, llorando y pidiendo que no lo mataran por sus hijos. Por eso fue tan difícil. Pero si no lo mataba, otro de los paras me mataba a mí. Después de hacerlo una se queda temblando, no se puede comer ni dormir, ni hablar con nadie. Me encerré en mí misma. Pero con el tiempo una se olvida. Mis superiores me decían que la segunda vez iba a ser más fácil. Pero una sigue temblando.”

“La segunda vez resultó un poco más fácil. Es como dicen por aquí, si matas una vez, matas muchas veces. Hay que ir perdiendo el miedo. Ahora sigo matando y no siento nada, todo es normal. Antes me mandaban a matar, era una obligación. Pero desde que dejé la organización lo hago por dinero y nada más.”

“Maté a uno de mis amigos porque si no iban a matarme a mí. Mis amigos me contaron que trabajaban para el otro bando, por lo que eran ellos o yo. Confirmé con las Autodefensas que efectivamente eran guerrilleros y pedí permiso para matarlos. Fue muy doloroso. Fui a su velorio y su entierro. Fue muy difícil ver a su madre llorando, sabiendo que yo era responsable por ese dolor. Pero eran ellos o yo y en las Autodefensas te enseñan que primero hay que cuidarse uno. Hasta ahora, maté a 23 personas.”

Fue tremendamente triste escuchar a esta mujer joven e inteligente, tan cercana, hablar así. Marylin era una víctima de circunstancias extremas. Su aburrimiento y su búsqueda de algo que la excitara la había llevado a los paras, que le habían hecho perder todo respeto por la vida humana. Pero sus excusas, o la falta de ellas, me habían sacudido y le dije que ella representaba todo lo que estaba mal en su país. Desde mi lugar privilegiado y externo de observador no podía identificarme con ella, sólo enojarme y juzgarla. No me había funcionado eso de reducirla a una nota, no podía tomar distancia de ella. Por un lado era un deleite todo lo que me había pasado en los últimos meses, por otro había que pagar el precio de llegar al fondo. Había visto y escuchado cosas que me hacían entender a Colombia como nunca antes, pero también me daba cuenta de que yo estaba dañado.

Volvía a Irak y luego pasé a la guerra de Afganistán. Por un año nos mandamos mails con Marylin. Ella me preguntaba dónde andaba y me pedía que no la olvidara. Me contó que lo que yo le había dicho después de la entrevista en video la había sacudido, que nunca nadie le había hablado así, preguntándole por qué hacía lo que hacía. Me dijo que quería empezar de nuevo, pero que las Autodefensas no dejaban a nadie salir del negocio. Al menos con vida.

Después de un largo silencio, comencé a temer que le hubiera pasado algo. Decidí volver a Puerto Asís a verla. Me tomó un tiempo juntar el coraje de ir a su casa y ver si su familia todavía vivía ahí. Me preguntaba si había realmente comenzado una nueva vida en otro lugar o si, más probable, su vida pasada por fin la había alcanzado. Como yo sabía en qué horrores había andado Marylin, estaba preparado para recibir malas noticias. Lo que no me esperaba era qué confuso iba a ser recibirlas. Su familia se sorprendió, como siempre, de verme de golpe en su puerta. Mis temores se confirmaron al ver a su padre que, con los ojos llenos de lágrimas, me dijo que Marylin estaba muerta. Tenía veinticinco años y dos meses cuando fue secuestrada de su casa y lapidada. Sus captores le habían aplastado la cabeza con una piedra y la habían baleado.

Al día siguiente, su hija de seis años se despertó como huérfana. Sus padres habían perdido al tercer hijo y su hermano estaba tan quebrado que no paraba de llorar y no podía caminar ni hablar. Marylin no fue muerta por alguien del lugar, en venganza por alguno de sus “trabajos” como asesina. La asesinó su propio grupo en una lapidación simbólica que es el castigo para los sapos, como llaman los colombianos a los informantes. Su último novio había sido un soldado, algo conveniente para ambos mientras paras y militares trabajaron juntos en la guerra por el control de los campos de coca del Putumayo, pero suficiente como para que alguien muera cuando esa relación se quebró.

La muerte de Marylin fue algo muy especial para mí, por nuestra intimidad. Fuimos amigos y amantes. Nuestras vidas nunca tuvieron mucho en común, excepto el abrazo de hierro de la guerra civil colombiana. Me costaba hablar, no sabía realmente qué estaba sintiendo. ¿Sentía pena de esa mujer que había tomado tantas vidas y caído por la misma justicia callejera que ella ejercía? ¿Estaba otra vez conversando con ella sobre cómo cambiar su vida después de hablar conmigo? ¿Me preguntaba si no tendría que haber hecho más por ella? ¿Tenía pena de sus padres y su hermosa hijita, que algún día podía descubrir por qué la mataron y entender los horrores que pasaban mientras ella era una beba? ¿Me acordaba cómo era besarla antes de saber que era una sicaria? ¿Me imaginaba o trataba de no imaginarme cómo quedó con la cara destrozada por la roca? En realidad, pensaba, sentía e imaginaba todo eso. Y a la vez sabía que el dolor de su familia era el mismo que ella les había causado a otras muchas familias.

De vuelta en el hotel me quedé fumando y viendo el ventilador dar vueltas, pensando en mis guerras, mi novia muerta y mi situación actual. A la mañana siguiente, bien temprano, fuimos con la madre y la hija de Marylin, ambas de punta en blanco y con flores, a visitarla al cementerio. Su ataúd estaba en un nicho de cemento, justo encima del de su hermana, también muerta en la guerra. Hace mucho que los muertos superaron la capacidad del cementerio. A su lado había otra tumba, mucho más pequeña, de otra hermana muerta a los tres meses por causas naturales. No quería ni imaginar lo que sentía la madre de Marylin abrazada a su nieta y viendo las tumbas de tres de sus hijas. Mi idea de entrar por el Putumayo para fotografiar a los paras ya no parecía tan interesante. Marylin siempre me había indicado por dónde seguir y me había advertido dónde parar. Quería aprender más sobre su vida y su muerte, pero no quería que me mataran por preguntar a quien no correspondía.

Esa noche, comiendo entre bocinazos y motores, una vecina me contó más de lo que le había pasado a Marylin. Tomando sopa, me contó que Marylin había estado con las Autodefensas mucho más tiempo de lo que me había confesado y que en el pueblo todos asumían que había participado en la masacre de 26 personas en El Tigre. Varios de los muertos en esa masacre habían sido decapitados y destripados antes de que los tiraran al río. Esa misma noche saqué pasaje en el primer avión.

Mientras veía Puerto Asís empequeñecerse hasta desaparecer, el avión quedó envuelto en una nube. En mi iPod una voz cantaba que “esta ciudad nos vuelve locos y hay que irse”. Escribo esto a quince mil kilómetros de distancia en un hotel gélido de Kabul, donde cubro otra guerra interminable y me pregunto qué otra cosa podría haber hecho. ¿Marylin fue asesinada porque realmente era una informante o porque quería empezar otra vida, como me decía en sus mails? Quiero creer que fue por eso, quiero creer que logró cambiar, que no era la dura, fría y cruel asesina que me reveló. ¿A quién quiero engañar?

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.





Los vivos, los muertos y los desaparecidos

11 02 2008

(Publicado en Página/12 el 11 de Febrero de 2007)

Por Por Valeria Sobel (*)

19 macetas y ninguna flor

Cuando mi papá nos venía a buscar, más de una vez, mi mamá nos decía:

–Si llega a pasar algo, ustedes tírense cuerpo a tierra.

Ustedes éramos mi hermana y yo, dos nenas, que a pesar de ese tipo de situación siempre pensamos haber tenido una infancia bastante normal. Ni armas, ni clandestinidad, ni exilio (lo de quedar suspendida entre dos países vino mucho después, ya de adulta).

Eso no impidió que yo me imaginara que si me secuestraban y torturaban, tenía que hacerme la idiota. Supongo que habría visto en la tele alguna película o serie americana con escena en la silla eléctrica. Me imaginaba a mí sentadita en la silla maléfica compenetrada con mi personaje de nena ingenua que no entiende nada. Quizás había oído hablar de la picana y, por lo de la electricidad, en mi cabeza se había transformado en silla eléctrica. Silla con cables que, ya que estaban, debían de hacer de detectores de mentiras. Eso sí, no tengo ni idea de qué era lo que yo suponía saber, de qué era lo que no tenía que decir…

Lo que sí sé es que en algún lugar recóndito me quedó algo más que el recuerdo de esas extrañas imágenes de infancia. Y supongo que no soy la única en estar acompañada de ese tipo de marcas, de grietas, que hacen que a veces me sienta tan poco acompañada. Quedó algo de miedo difuso, de desconfianza, de incomprensión, de distancia, de silencio. Quedó una sensación de peligro, también de absurdo; la sensación de que lo mejor es no exponerse. Todo esto seguramente acentuado cuando se confirmó, con la desaparición de mi papá (yo tenía 10 años), que a los que estaban en algo, les terminaba pasando algo.

Algo de lo que públicamente no se hablaba, algo que los transformaba en ni vivos ni muertos, y a tantos de nosotros, en especialistas de hacer “como si”. Especialistas de poner cara de nada en medio de tanta pérdida, de tantas historias rotas, de tanta violencia disfrazada de orden. Náufragos de un naufragio invisible. A seguir yendo a la escuela, a seguir siendo buena alumna (aunque con bastantes menos ganas de ser abanderada), a seguir haciendo “vida normal”.

Y a mirar la película desde afuera, a vivir en una especie de limbo, de paréntesis, en espera de tiempos mejores. ¿Tal vez en espera de obtener por fin algún dato, alguna noticia? ¿Tal vez en espera de que la humanidad nos demuestre de una vez que este mundo no es tan horrible e injusto? El que aún hoy muchos de los “desaparecedores” sigan sueltos no ayuda demasiado… Tal vez simplemente en espera de lograr recuperar la voz, de encontrar un ancla o una estrella.

Tanto entrenarse y luego lo difícil es no mirar la película desde afuera, no seguir con esa sensación de haber quedado en medio del camino, no seguir encerrada para siempre en el paréntesis, en cierto enojo. El paréntesis protege de riesgos, dolores y decepciones, pero también adormece. Adormece y aleja de los vivos.

Y claro, los vivos pueden ser, podemos ser, más o menos cínicos, miedosos, egoístas, frívolos, descuidados, mezquinos, ciegos, etcétera. Pero también son, somos, bastantes otras cosas. Sería una pena pasar a través de esas otras cosas como en sordina. Sería una pena, ¿no?

* Hija de desaparecidos.





Una herida que no cierra

6 11 2007

(Publicado en Página/12 el 26 de Octubre de 2007)

Por Taty Almeida

Plaza de mayo

Yo me crié en un ambiente de militares. Todos militares en mi familia: mi padre, un viejo milico de caballería, teniente coronel; mi hermano, coronel, si se puede llamar política, lo único que yo sabía es que era antiperonista. A Alejandro lo desaparecen en el ’75, para mí, bajo un gobierno peronista. ¿A quién empiezo a recurrir? A las amistades, a los conocidos. Con uno de mis cuñados lo fuimos a ver a Harguindeguy, el entonces ministro del Interior, que había sido un oficial de mi padre. Le pedimos que hiciera algo, pero él me dijo: “Sí, claro, señora, pero fueron los peronistas”. Y yo le creía, ¡Dios mío! Galtieri fue jefe de mi hermano. Yo socialmente lo conocía, a él y a su mujer. Por supuesto, nada. A Agosti, compañero de uno de mis cuñados de Aeronáutica, lo fui a ver a la casa. Nada. Pasado el tiempo yo me entero, en el ’78, que había un grupo de mujeres que iba a la Plaza de Mayo. Pero yo decía: “¡Qué sé yo quiénes son esas mujeres!”. Y empecé a vencer prejuicios y me acerqué a la ronda. Me acuerdo de la primera vez que fui: cuando llegamos no había nadie, pero a las tres y media no sé de dónde salieron, fue impresionante. Era una ronda enorme. Y entonces vi todo eso y me dije: “¡Cuánta gente! Acá no estoy sola, no soy la única”.

Me decidí y fui a la casa de Madres. Vi una pared llena de fotitos. Me acuerdo que me atendió María Adela Gard: “Decime, m’hijita, ¿quién te falta a vos?”. Sólo eso se preguntaba, no importaba religión ni política: unidas por la desaparición de nuestros hijos. Yo me siento orgullosa de haber parido a mis tres hijos pero, a su vez, me siento parida por Alejandro. El parió a esta Taty que salió de esa nebulosa, que aterrizó. Empecé una nueva vida con la militancia y hoy soy una Madre de Plaza de Mayo. Algunos nos llaman heroicas, pero no lo aceptamos. Hicimos lo que cualquier madre hubiera hecho por un hijo, lo más preciado que tiene. Es un dolor visceral; no hay palabras. Huérfanas, viudas, se entiende lo que es. Pero no existe una palabra que signifique la pérdida de un hijo. No tiene nombre, es una herida que jamás se cierra. Eso que dicen que el tiempo cierra las heridas… Mentira. Yo cada vez lo extraño más a Alejandro.





¿Dónde te agarro el terremoto?

30 08 2007

(Publicado en PERU.21 el 20 de agosto de 2007)

Por Guillermo Giacosa

Es la pregunta que más he escuchado en las últimas horas y en los últimos días y que espero, con esta tierra que no deja de temblar, que no sean realmente las últimas.

Con el perdón de los educados lectores de este diario debo confesar que lo único que venía a mi cabeza responder cuando me preguntaban ¿en dónde te agarró el terremoto? era y fue lo que realmente sentía: “en las pelotas, hermano, en las pelotas, y no me las soltó durante dos minutos que parecieron dos horas” y me las siguió manipulando hasta que, retornado a mi casa, casi escribo a mi caverna, recupere la falsa seguridad que otorga el entorno conocido que, por otra parte, estaba regado de cerámicas destrozadas y cuadros torcidos.

(..) El miércoles pasado vi el miedo en muchos ojos y vi muchas manos tapándose la boca como para evitar que se les escape el alma. Dos minutos bastan y sobran para que el pavo real humano pliegue su cola, baje su vista y comprenda, aunque la enseñanza se olvide al poquísimo tiempo, que su vida, la ostentosa vida de competidor despiadado que la sociedad ha fabricado para él, no solo pende de un hilo fino y endeble, sino que, además, parece importarle un bledo a la naturaleza cuando esta precisa recuperar sus propios equilibrios.

Siempre se dice en Navidad, Año Nuevo, Pascua, Fiestas Patrias, etc.: “esta es una fecha para reflexionar”. Tonterías. Pocos son capaces de reflexionar sobre esquemas largamente interiorizados y que manejan el pensamiento a su antojo. Esquemas hechos precisamente para no pensar o para pensar lo que quieren que pensemos. Ahora es cuando hay que reflexionar, después del terremoto, cuando aún está intacto el recuerdo de la mueca de la muerte, cuando está aún fresca en nuestra percepción la futilidad de nuestras ambiciones, lo aleatorio de nuestros proyectos y lo estúpido de nuestra mezquindad. Ese fugaz instante de horror es una lección de vida tan profunda que desbarata, sin palabras, todos los argumentos inventados por nuestros miedos.





A muerte

29 06 2007

(Publicado en Pagina/12 el 29 de junio de 2007)

Por Fernando D´addario

puna

El lunes pasado fui a ver Nueva Chicago-Tigre, sin ser hincha de ninguno de los dos equipos. El interés por el partido tenía un innegable ingrediente deportivo –la definición del último descenso al Nacional B–, pero respondía también a una realidad extrafutbolística: se trataba, a priori, de un choque caliente, dentro y fuera de la cancha. Llegué a Mataderos guiado por esa clase de adrenalina que convoca silenciosamente a la violencia. En algunas personas, la compulsión patológica se manifiesta participando activamente en hechos de sangre; en mí, como en tantos otros futboleros que conozco, ése instinto agresivo, no siempre verbalizado, se detiene en una fase anterior: la del morbo, más compatible con nuestra condición de ciudadanos de clase media.

La previa al partido estuvo plagada de estímulos que preparaban el diseño de la escenografía bélica: el mozo de una parrilla cercana a la cancha –a la que concurrí con la complacencia hedonista de quien se dispone a vivir una tarde memorable– tuvo la gentileza de prevenirme: “¿Vos sos de Tigre? Tené cuidado porque éstos –por los de Chicago– los van a matar a todos…”. El aviso, lejos de amedrentarme, alimentó mis deseos de llegar cuanto antes al teatro de operaciones. En la esquina del estadio, un policía, tras el cacheo de rigor –que pretendí evitar mostrando mi credencial de periodista–, asumió de antemano el fracaso de su gestión: “¿Vos vas a dejar la bicicleta acá? Te la van a afanar…”.

Prendí la radio, para aclimatarme. De un zapping que duró no más de cinco minutos extraje expresiones como “Los dos equipos van a jugar este partido a muerte”, “Esperemos que todo transcurra por los carriles normales del fútbol”. Me senté en la platea animado por una expectativa que, conjeturo, no debía ser muy diferente de la que abrigaban los fanáticos del circo romano. El fútbol –me refiero al juego, a la pelota– pasaba a ser una circunstancia protocolar. Las tribunas intercambiaban amenazas (“Lo esperamos al Matador –así se lo conoce a Tigre– / los vamos a matar a todos la reputa madre que los parió…”), naturalizadas por ese desatino que tanto nos gusta, llamado “folklore futbolero”. Las hipótesis de conflicto estaban repartidas entre lo que pudieran proponer las respectivas barras, las previsibles bravuconadas del técnico local –Ramacciotti– y la posibilidad de que a algún jugador se le soltara la cadena y desencadenara alguna batalla dentro de la cancha. Los gritos que salían de la platea incorporaban otro potencial protagonista: “¡Bassi (que era el árbitro), cobrá bien porque hoy de Mataderos no te vas!”, se le escuchó decir a una señora a la que nadie podría tildar de barrabrava.

Cuando pasó lo que todos saben, entre los gases lacrimógenos busqué y encontré la salida. Después de rescatar la bicicleta que milagrosamente había sobrevivido atada a un poste de luz, en lugar de encarar para mi barrio fui a buscar un nuevo foco en la ruta de la barbarie. Cobarde como soy, pero aferrado a esa pizca de perversidad que suele afectarnos a los periodistas, me dirigí por Avenida de los Corrales hasta la General Paz. Llegué para contemplar los despojos de la guerra: dos micros destrozados (todavía no los habían incendiado, pero en eso andaban), piedras y botellas rotas esparcidas por la calle, autos con los vidrios destrozados. Un vecino indignado, con el gorrito de Chicago, compartía conmigo su condición de consternado espectador de lujo: “Estos son unos salvajes, no se puede seguir así, la cana no hace nada”. Después de aportar algunos detalles anecdóticos, remató su intervención: “Eso sí… no sabés cómo corrían los putos de Tigre… no se les veían las patas…”.

Dejé para el final esta historia (no puedo asegurar su veracidad, pero sí su verosimilitud) que me contó un fotógrafo amigo: hace muchos años, después de un partido entre Boca y Chicago se enfrentaron las dos barras. Prevaleció la Nº 12; en la dispersión final, un hincha de Mataderos, de repente, se vio cercado por sus rivales. Perdido por perdido, optó por la heroica. Se ató al árbol más cercano con la bandera verde y negra que no estaba dispuesto a entregar a sus enemigos. Cuando llegaron los de Boca, lo molieron a palos hasta desvanecerlo. Uno de los atacantes empezaba a desatarlo para dejarlo tirado y llevarse la bandera como trofeo de guerra, pero un bostero jerárquico lo frenó: “Dejale el trapo, que se lo aguantó”. Me pasó algo con esta anécdota. Cada vez que se la conté a alguien ajeno al fútbol, reaccionó con hilaridad, como si se tratara de un chiste absurdo. Es cierto: hay mucho de ridículo en eso de dejarse reventar a trompadas por una bandera. Pero en rueda de amigos futboleros, en madrugadas de asado y vino, la historia transmitía un sentimiento de épica contagiosa. A más de uno, inclusive, se le puso la piel de gallina. Ninguno de nosotros tiró jamás una piedra. Eso es cosa de vándalos.





Tengo que ir al trópico

13 06 2007

Extractos de una entrevista a Carlos Castaneda. Details Magazine (”Solo se vive dos veces”).

Manchas negras 3

A los setenta y cinco, aún estamos en búsqueda de “amor” y “compañía”. Mi abuelo solía despertar a media noche llorando. “¿Tu crees que ella me quiere?” Sus últimas palabras fueron, “¡Aquí voy nena, aquí voy!” Tuvo un gran orgasmo y murió. Por años pensé que esa era la cosa más grandiosa – magnífica. Entonces Don Juan dijo, “Tu abuelo murió como un cerdo. Su vida y muerte no tuvieron ningún significado.”

Don Juan decía que la muerte no puede ser tranquilizadora – sólo el triunfo puede serlo. Le pregunte que quería decir con triunfo y él dijo libertad: cuando atraviesas el velo y tomas la fuerza de tu vida contigo. “¡Pero aún hay tanto que quiero hacer!” Él decía, “Quieres decir que hay aún tantas mujeres que te quieres coger.” Él tenia razón. Así de primitivos somos.

Yo no llevo una vida doble. Vivo esta vida: No hay brecha entre lo que digo y lo que hago. No estoy aquí para tomarles el pelo, o para entretenerlos. De lo que voy a hablar hoy no son opiniones mías – estas son las de don Juan Matus, el indígena mexicano que me mostró este otro mundo. ¡Así que no se ofendan! ­ Juan Matus me presentó un sistema funcional respaldado por veintisiete generaciones de brujos. Sin él yo sería un hombre viejo, con un libro bajo el brazo, caminando con los estudiantes por el patio del colegio. Verán, siempre dejamos una puerta de escape; es por eso que no saltamos. “Si todo lo demás falla, puedo dar clases de antropología.” Ya somos perdedores con escenarios de perdedores “Soy el Dr. Castaneda…. y este es mi libro, Las Enseñanzas de Don Juan, ¿Sabían que ya esta en edición de bolsillo?” Yo seria el hombre “de un libro” -el genio acabado. “¿Sabían que ya va en su 12va edición? Acaba de ser traducido al Ruso” o quizá estaría estacionando sus coches y balbuceando tonterías “Hace mucho calor… esta bien, pero hace mucho calor. Hace mucho frío, esta bien, pero hace mucho frío. Tengo que ir al trópico…”





Milonga para una niña

12 05 2007

Alfredo Zitarrosa
(milonga)

Mirlos

El que ha vivido penando,
por causa de un mal amor,
no encuentra nada mejor,
que cantar y d’ir pensando.
Y si anduvo calculando,
qué culpa pudo tener,
cuando ve que una mujer,
no conoce obligaciones,
se consuela con canciones,
y se olvida de querer.

Por eso niña te pido,
que no me guardes rencor,
yo no puedo darte amor,
ni vos podés darme olvido.
Yo sé que en cualquier descuido,
me iba a bolear contra el suelo,
y aunque me ofrezcas consuelo,
yo no lo puedo aceptar,
puedo enseñarte a volar,
pero no seguirte el vuelo.

Yo no te puedo entregar,
un corazón apagado;
cuando falla el del costado,
no hay nada que conversar.
Hay una forma de amar,
que es un modo de conciencia;
hay un amor que es paciencia,
y otro que es solo aromar.
¿ Cuál amor te podría dar,
quien amara tu inocencia ?.

Cuando te vuelva a encontrar,
no podremos sonreír,
prefiero verte partir,
como te he visto llegar.
Cuando vuelvas a pensar,
que una vez te conocí,
y que nomás porque sí,
te compuse una canción,
cantará en tu corazón,
lo poquito que te di.





El maestro y las magas

16 04 2007

Por Alejandro Jodorowsky. Publicado en la revista Ñ el 17/6/2006

Mirlos

La última vez que vi al maestro Ejo Takata fue en la modesta casa de una vecindad, en los límites superpoblados de la capital mexicana. Un cuarto y una cocina, no más. Yo iba allí en busca de consuelo, sufriendo por la muerte de mi hijo. El dolor me impidió ver las cajas de cartón que llenaban la mitad del cuarto. El monje se puso a freír un par de pescados. Yo me esperaba un sabio discurso sobre la muerte: “No se nace, no se muere… La vida es una ilusión… Dios da, Dios quita, bendito sea Dios… No pienses en su ausencia, agradece los veinticuatro años con que alegró tu vida… La gota divina regresó al océano original… Su conciencia se ha disuelto en la feliz eternidad…”. Todo eso me lo había dicho a mi mismo, pero el consuelo que buscaba en esas frases no calmaba mi corazón. Ejo sólo pronunció una palabra: “Duele”, y con una reverencia sirvió los pescados. Comimos en silencio. Comprendí que la vida continuaba, que debía aceptar el dolor, no luchar contra él ni buscar consuelo. Cuando comes, comes; cuando duermes, duermes; cuando duele, duele. Más allá de todo aquello, la unidad de la vida impersonal. Nuestras cenizas han de mezclarse con las del mundo… Entonces le pregunté:
- ¿Qué contienen esas cajas?
- Mis cosas –respondió-. Me han prestado este lugar. De un día para otro pueden pedir que me vaya. Aquí estoy bien, ¿por qué no estaría bien en otro lugar?
- Pero, Ejo, en este espacio tan reducido, ¿dónde meditas?
Hizo un gesto de indiferencia y me indicó cualquier rincón.
Para meditar no necesitaba un sitio especial. No era el sitio el que otorgaba lo sagrado. Su meditación sacralizaba el lugar que fuera. De todas formas, para él, que había atravesado el espejismo de los vocablos antónimos, la distinción entre sagrado y profano no tenía sentido.





Fábulas Andinas

1 04 2007

Publicado en la revista Ñ el 22/1/2005

puna

El sol brillaba en su plenitud. El viento silbaba, cabeceaban los ichus, ambos rumores se perdían en las cumbres de los cerros. Una culebra buscando algo para calmar su hambre, fue cubierta por una sombra grande. Rápidamente se deslizó hacia un refugio; pero unas garras de fuerza poderosa la aprisionaron y se elevó. Con el pico corvo, la cresta erizada, su desnudo cuello estirado y abiertas las alas, el cuerpo del cóndor, con el sol proyectando una sombra grande, en vuelo raudo se dirigía a su nido en la cordillera. Levantando su cabeza la culebra se dio cuenta que del cóndor era prisionera, y sabiendo que su muerte era segura actuó enseguida. Un pastor advirtió a un bulto precipitarse de arriba, y curioso corrió a su encuentro. En el suelo peleaban: uno a picotazos y el otro lo tenía enroscado a ambas patas. “Son hermanos, pero se pelean para subsistir”, se dijo el pastor de
ovejas.





Esa noche

5 03 2007

(Publicado en Página/12 el 9 de agosto de 2006)

Por Sandra Russo

cuba - bicicletas
Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un país para vivir, sería otro. Digo esto para dejar constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para admitir de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura, no podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni apelar al cinismo que tanto nos reconforta paliativamente a los desencantados, ni sonar corrosiva. Es decir que lo digo con plena conciencia de que llevo adherida a la mente la noción de libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque sé que no puedo, porque eso, creo, está más allá de mi voluntad.

Pero me inquieta que la mala salud de Fidel Castro y la delegación del
mando en su hermano Raúl haya estallado como un simple debate entre
qué es democracia y qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana
para mirar algunos acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos
históricos. Como si lleváramos incrustado en el cerebro un
democratómetro según el cual todo aquello que no responde a la fórmula
de la democracia representativa quede automáticamente impugnado. Que
la democracia está llena de fallas, pero es el mejor sistema conocido,
lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale a perder de vista que el pato
más feo puede ser un cisne.

La primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo de
periodistas varones y bastante más influyentes que yo, que andaba por
los veintipocos, y recibí alborozada aquella invitación del Instituto
Cubano de Turismo. Fueron dos semanas de convivencia, entre otros, con
tipos entrañables como Ariel Delgado y Enrique Sdrech, recorriendo
lugares que iban mucho más allá de Varadero o los destinos conocidos.
En el grupo había un periodista del diario de Bahía Blanca, La Nueva
Provincia, que, según confesó ya en el avión, iba a constatar que Cuba
era una farsa de equidad y justicia.

Mientras estábamos allí, se celebró el 25º aniversario de la creación
de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organizados manzana
por manzana en todo el país. Los mismos que están activándose ahora en
ese mismo sentido, después de décadas de funcionar como organizaciones
de base para que cada embarazada llegue a tiempo al hospital o para
que cada niño sea vacunado. A último momento pedimos asistir a uno de
los miles y miles de festejos. Nos fue destinada una manzana en los
suburbios de La Habana. Nos perdimos en el camino. Llegamos más de una
hora tarde. Los vecinos nos estaban esperando. Había carteles que
rezaban: “Bienvenidos hermanos argentinos”, y muchísimos regalos para
nosotros, que los niños habían alcanzado a hacer en las pocas horas
libres que tuvieron.

Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar
de las risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que nos
hablaban de Mirtha Legrand y del Che. Además de los regalos, los niños
habían tenido tiempo de aprenderse de memoria algunas estrofas del
Martín Fierro. Y las recitaban con ese tono que nunca le escuché a
ningún niño argentino. Los argentinos no tenemos training para la
mística. Nos dan pudor algunas emociones. Esos pioneros cascaban sus
gargantas con esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas
palabras que a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue
una ráfaga de comprensión que me asaltó justo en ese momento. Esos
niños, que también recitaron a José Martí, a quien amaban, nos
homenajeaban con algo que suponían que nosotros amábamos. Pero
nosotros no amábamos el Martín Fierro. ¿Qué amábamos nosotros?

No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche,
en esa tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre esas
casas pobres de paredes descascaradas y de pintura vieja, entre esa
gente dadivosa que nos tocaba los hombros y nos ofrecía su comida, yo
viví algo que no había vivido antes ni volví a vivir después. Cuba
entera es un país cuya población desconoce situaciones límite que para
la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes. No pueden salir del
país, como la doctora Hilda Molina, pero están liberados del dolor de
un hijo que se muere por falta de comida o de atención médica, del
dolor de un desalojo inminente, del dolor del analfabetismo, del dolor
del desempleo. ¿No son ésas acaso otras formas de la libertad?

Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono y
agradecerles semejante demostración de cariño hacia un grupo de
perfectos desconocidos, nosotros elegimos al periodista de La Nueva
Provincia para que fuera el vocero del grupo. Estábamos seguros de que
esa ráfaga también a él lo había traspasado. Y el hombre, a paso
lento, subió a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a hablar, pero
no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello, porque la
ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad.