Esa noche

5 03 2007

(Publicado en Página/12 el 9 de agosto de 2006)

Por Sandra Russo

cuba - bicicletas
Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un país para vivir, sería otro. Digo esto para dejar constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para admitir de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura, no podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni apelar al cinismo que tanto nos reconforta paliativamente a los desencantados, ni sonar corrosiva. Es decir que lo digo con plena conciencia de que llevo adherida a la mente la noción de libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque sé que no puedo, porque eso, creo, está más allá de mi voluntad.

Pero me inquieta que la mala salud de Fidel Castro y la delegación del
mando en su hermano Raúl haya estallado como un simple debate entre
qué es democracia y qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana
para mirar algunos acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos
históricos. Como si lleváramos incrustado en el cerebro un
democratómetro según el cual todo aquello que no responde a la fórmula
de la democracia representativa quede automáticamente impugnado. Que
la democracia está llena de fallas, pero es el mejor sistema conocido,
lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale a perder de vista que el pato
más feo puede ser un cisne.

La primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo de
periodistas varones y bastante más influyentes que yo, que andaba por
los veintipocos, y recibí alborozada aquella invitación del Instituto
Cubano de Turismo. Fueron dos semanas de convivencia, entre otros, con
tipos entrañables como Ariel Delgado y Enrique Sdrech, recorriendo
lugares que iban mucho más allá de Varadero o los destinos conocidos.
En el grupo había un periodista del diario de Bahía Blanca, La Nueva
Provincia, que, según confesó ya en el avión, iba a constatar que Cuba
era una farsa de equidad y justicia.

Mientras estábamos allí, se celebró el 25º aniversario de la creación
de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organizados manzana
por manzana en todo el país. Los mismos que están activándose ahora en
ese mismo sentido, después de décadas de funcionar como organizaciones
de base para que cada embarazada llegue a tiempo al hospital o para
que cada niño sea vacunado. A último momento pedimos asistir a uno de
los miles y miles de festejos. Nos fue destinada una manzana en los
suburbios de La Habana. Nos perdimos en el camino. Llegamos más de una
hora tarde. Los vecinos nos estaban esperando. Había carteles que
rezaban: “Bienvenidos hermanos argentinos”, y muchísimos regalos para
nosotros, que los niños habían alcanzado a hacer en las pocas horas
libres que tuvieron.

Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar
de las risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que nos
hablaban de Mirtha Legrand y del Che. Además de los regalos, los niños
habían tenido tiempo de aprenderse de memoria algunas estrofas del
Martín Fierro. Y las recitaban con ese tono que nunca le escuché a
ningún niño argentino. Los argentinos no tenemos training para la
mística. Nos dan pudor algunas emociones. Esos pioneros cascaban sus
gargantas con esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas
palabras que a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue
una ráfaga de comprensión que me asaltó justo en ese momento. Esos
niños, que también recitaron a José Martí, a quien amaban, nos
homenajeaban con algo que suponían que nosotros amábamos. Pero
nosotros no amábamos el Martín Fierro. ¿Qué amábamos nosotros?

No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche,
en esa tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre esas
casas pobres de paredes descascaradas y de pintura vieja, entre esa
gente dadivosa que nos tocaba los hombros y nos ofrecía su comida, yo
viví algo que no había vivido antes ni volví a vivir después. Cuba
entera es un país cuya población desconoce situaciones límite que para
la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes. No pueden salir del
país, como la doctora Hilda Molina, pero están liberados del dolor de
un hijo que se muere por falta de comida o de atención médica, del
dolor de un desalojo inminente, del dolor del analfabetismo, del dolor
del desempleo. ¿No son ésas acaso otras formas de la libertad?

Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono y
agradecerles semejante demostración de cariño hacia un grupo de
perfectos desconocidos, nosotros elegimos al periodista de La Nueva
Provincia para que fuera el vocero del grupo. Estábamos seguros de que
esa ráfaga también a él lo había traspasado. Y el hombre, a paso
lento, subió a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a hablar, pero
no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello, porque la
ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad.


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