Publicado en la revista Ñ el 22/1/2005
El sol brillaba en su plenitud. El viento silbaba, cabeceaban los ichus, ambos rumores se perdían en las cumbres de los cerros. Una culebra buscando algo para calmar su hambre, fue cubierta por una sombra grande. Rápidamente se deslizó hacia un refugio; pero unas garras de fuerza poderosa la aprisionaron y se elevó. Con el pico corvo, la cresta erizada, su desnudo cuello estirado y abiertas las alas, el cuerpo del cóndor, con el sol proyectando una sombra grande, en vuelo raudo se dirigía a su nido en la cordillera. Levantando su cabeza la culebra se dio cuenta que del cóndor era prisionera, y sabiendo que su muerte era segura actuó enseguida. Un pastor advirtió a un bulto precipitarse de arriba, y curioso corrió a su encuentro. En el suelo peleaban: uno a picotazos y el otro lo tenía enroscado a ambas patas. “Son hermanos, pero se pelean para subsistir”, se dijo el pastor de
ovejas.
