Réquiem para un laburante

(Publicado en revista Ñ el 3/3/2007)

Por Pablo Ramos

Eran casi las cuatro y con la excusa de un almuerzo tardío, me fui para lo de Alfonso. Sabía que su padre andaba mal, que ya no tenía esperanzas. Y aunque me sentía avergonzado por no haber aparecido en mucho tiempo, tenía la tranquilidad de saber que Alfonso me entiende, de que me quiere a pesar de esa incapacidad que tengo de estar cuando más se me necesita.
Yo terminaba a duras penas una novela sobre mi padre, él lo sabía. Y sabía toda la vida que se me estaba yendo en ese libro. Porque fue una relación difícil, igual que la de él con el suyo, José, un padre como mi padre, que fue el que empezó hace casi cuarenta años con el boliche (un puesto en realidad, el 07, que está sobre la plazoleta de la estación Federico Lacroze, subte B) y que hacía un tiempo que ya Alfonso lo había heredado por destino.
Caminaba, dije, en medio de lo de siempre: viento, sonido de ramas a merced del viento, calma de cementerio a esa hora de un día de semana a la tarde.
Un hombre inclinado sobre una tumba cambiaba flores. Hablaba con el recuerdo de alguien. Yo pensaba en mi padre, en el padre de mi amigo, en mi amigo, en mí. En el único premio que puede recibir una persona si hizo las cosas más o menos bien para unos pocos: alguien inclinado, una plegaria humana, un monólogo acostumbrado, aparentemente frío. El acto doméstico, universalmente repetido, de reemplazar las flores de su tumba.
Llegue y de lejos me di cuenta de que Alfonso no estaba (cúando él no está todo parece más lento detrás del mostrador). Pregunté, y un morocho me dijo que había tenido que irse de apuro a la clínica. Dudé en ir, dudé en no ir (en estos casos, casi nunca puedo escuchar lo que me dice el corazón), pregunté y el morocho me dijo que no.
-No quiere ver a nadie -me dijo.
-Dame un papel que le escribo una nota.
Me dio una servilleta y una bic azul. Le escribí que había venido, que quería saber bien lo del padre, que me llamara, que no tengo crédito para comunicarme a un celular, que lo extraño y que lo quiero. “Te quiero, loco” son las palabras exactas que puse. Abajo mi número de teléfono, aunque él lo tiene, por obsesivo nomás.
Entonces pasa: casi no termino de escribir que el morocho vuelve y me encara. Movía la cabeza.
-Murió, flaco -me dice-, me acaban de avisar que murió.
Exhale eso que uno contiene en estos casos, arrugué el papel y lo tiré al piso. Ya no tenían sentido mis palabras. Unos segundos me quedé ahi, resbalando en impotencia. Entonces me di cuenta de que también le había puesto que lo quería. Y levanté el papel, lo estiré y le dije al morocho que igual se lo diera a Alfonso.

Fue al otro día que recibí su llamado. Le pedí perdón por mi ausencia. El me dijo que también me quería. Le expliqué el porqué de lo ambiguo del mensaje, esa casualidad tan escalofriante de que mientras yo lo escribía su padre se estaba muriendo. Que por eso lo había arrugado, y que después decidí dejárselo igual.
-Es bien de escritor- me dijo Alfonso, y se rió. Le pregunté a qué hora era la misa en el cementerio.
-A las cuatro, en la capilla principal- me dijo.
-Ahí voy a estar, Alfonso.
-No te preocupes, pero cuidate, loco.
-Ahí voy a estar- insistí, y colgué el telefono.
Tampoco fui al cementerio.

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